el inconsciente las generaciones
miércoles, 31 de octubre de 2012
el inconsciente las generaciones
viernes, 7 de octubre de 2011
Diálogo intercultural en la obra de J.C. Bustriazo Ortiz
por álvaro urrutia
Yo les pregunto y a las gentes duchas
Qué es esta música que se me bifurca?
Valse, ranchera, polca, si es mazurca,
Minué del ángel, chotis de la bruja?
Esta feliz sonorería oriunda
Del corazón, de la pasión nocturna,
La rara avis que me canta y turba,
Me amasa nuevo, que me descorrunta?
Yo no lo sé. Son hartas las preguntas.
Quid de la sien, la lengua. Me disculpan? (2)
Vigésima Séptima Palabra, Bustriazo Ortiz.
Pensar las pampas nos obliga a trascender el mero territorio, a indagar sobre quiénes lo transitaron y quiénes lo habitan. Comprender la dinámica de un espacio geográfico es recuperar y escuchar sus voces, es decir, iniciar un proceso deliberadamente no objetivo. No nos servirán para este fin sino de forma secundaria los datos fríos, cuantitativos. Es necesario invertir la lógica del conquistador-invasor con la que se avanzó violentamente sobre estas tierras a pesar de quienes las habitaban, que veían así a las mujeres y los hombres que andan las pampas como la contracara del Estado-Nación (3). La tarea es asumir a lo otro, a lo negado como parte esencial, por lo tanto insalteable, de nuestra realidad.
Rodolfo Kusch en América Profunda distingue entre la pequeña historia y la gran historia. La primera está ligada al Ser alguien paradigmático de la cultura eurocéntrica encarnado en el ideal del progreso; y la segunda al Estar, propio de los pueblos originarios de América (4). A esta última la caracteriza como parte del “ciclo del pan”, y a la primera como sujeta al mero “ciclo del mercader” impuesto e inesencial para la vida. Nuestra intención, como dijimos, es comprender las voces que no están reproducidas en la pequeña historia, por eso emprendemos el camino sinuoso de la gran historia. El otro del sistema, el excluido de todo relato, de toda historia, de la conciencia es el sujeto irreducible de este trabajo. Vencidos cuya real presencia no aparece en la “pequeña historia”. No hay alquimia para escuchar estas voces. Es necesario reconstruir, en la medida de lo posible, el andar de los vencidos de nuestras pampas. Es decir, cómo se fueron reformando, metamorfoseando y reciclando identitariamente para resistir desde el lugar físico y cultural al que fueron confinados.
Las clases metropolitanas dominantes, de la mano del imperio de turno, necesitaron a lo largo de los siglos crear un mecanismo que les permita motorizar sus fines, teniendo como sacras razones o escudos la providencia al principio y el progreso después. Así pensaron el “nuevo mundo” en que les tocó estar en binomios excluyentes: el salvaje (inhumano y natural) en oposición al hombre blanco, el habitante rural y el paisaje a la metrópolis. Esta dualidad fue consolidada con gran genio, para el tiempo que le siguió, por Sarmiento con su “civilización o barbarie” (5). Sobre estos cimentos ficcionales y negadores se edificó un relato homogéneo basado en principios ahora inconfesables.
El lado del binomio más desfavorecido, castigado y despreciado, el que no aparece en la historia oficial sino como sometido irredento, es por supuesto el de los vencidos. Son principalmente los pueblos originarios, sin duda los primeros desaparecidos de nuestra historia como lo explicita David Viñas, los gauchos de las campañas, los luchadores anarquistas de las primeras décadas del siglo XX, los trabajadores rurales confinados en las distancias del territorio casi despoblado, los que buscan recuperar o conservar sus tierras, o los desplazados a los bordes de las ciudades. De ellos sólo se cuentan gestos irracionales que deben ser normalizados a cualquier precio por el bien de la civilización. Sobre ellos cae y cayó la represión no sólo física sino también cultural por parte de las clases dominantes, casi siempre al mando del Estado. No sólo se los confinó en el territorio a las grandes distancias rurales o a los márgenes de las ciudades sino que sus lenguas son negadas, y su historia es apócrifa (6) o mera suma de anécdotas. Escuchar las voces de las pampas es exceder las fronteras del relato impuesto hacia lo oscuro, es conversar con los sujetos reales de este territorio. Pero no alcanza con esto, también hay que escuchar lo que dicen las vetas que se abren en la lengua. La gran historia no tolera una lengua homogenizadora y, en cambio, la fractura desnudando sus límites. La voz de la pampa, es decir la de los vencidos que transitan y transitaron estas distancias, está destinada a sobrar a la lengua traída por el conquistador-invasor.
La obra poética de Juan Carlos Bustriazo (7), llamada por él Canto Quetral (8), nos servirá para develar qué esconde la pequeña historia. Qué nos dicen los relatos que puede escuchar y hacer voz el poeta. De su vasta poética, de más de 70 libros, retomaremos dos aspectos cronológicamente sucesivos, que muestran la profundización en la comprensión de la vida en las pampas, precisamente en la Provincia de La Pampa. En primer lugar la empatía de su poesía con la cotidianidad de los vencidos, y en segundo lugar su andar tras la huella de una voz, cargada de historias, que excede las fronteras de nuestras lenguas.
En una primera etapa, más cercana al cancionero popular, el poeta se interesa por los desposeídos de La Pampa, dándole el lugar de protagonistas en sus escritos. No lo hace desde el andar de una lucha política sino desde la empatía con mujeres y hombres particulares, habitantes de un territorio en que la clase dominante del Estado no vio más que un desierto a repoblar. Los personajes de los que en esta etapa se ocupa Bustriazo Ortiz son jornaleros, hachadores, peones rurales, pobladores en su confinada cotidianidad en tierras adentro (9). Personas que Bustriazo conoce caminando la pampa honda en campamentos, fogones, peñas y bares. Sus apellidos, cuando no mapuches, son Benavidez, Calderón, Cabral, Correa, Navarro, Ortiz entre otros, sin duda cicatrices del doloroso e infame genocidio argentino-chileno que los dejó dueños de nada y les impuso un nombre no “indio”, no paisano (10). Condición necesaria para ser considerados sin más dificultades por ambos Estados. Sus identidades fueron veladas. Nuestro poeta nos representa sus vidas en una cotidianidad dentro del paisaje pampeano que los devuelve a su real historia, la que se pretende negar. Los recontextualiza como pueblo encarnado en un territorio, explicitándolos herederos de Pincen, Calfucurá, Catriel, Yanquetruz entre otros, y los hermana con piedras, ríos, salitrales y vegetación. Así sus nombres directa o indirectamente impuestos se convierten en lo que realmente son: mero ornamento, huella del genocidio y su continuidad socio-cultural, que poco dice del proceso identitario de estos habitantes de las pampas.
Mostrando a estas mujeres y hombres en su cotidianeidad rural los sumerge en una tradición de la que nunca se apartaron, que poco o nada tiene que ver con la instaurada por el Estado-Nación argentino, y sí con un modo de estar en el territorio. Modo que es incluyente y asimilado rápidamente por el inmigrante continental al igual que por el europeo, ya que implica la praxis básica para sobrevivir en nuestras distancias. Las necesidades primarias comer, sobrevivir y reproducirse, que Kusch caracteriza como Ciclo del Pan, no dejan de ser una lucha cotidiana en el día a día de estas tierras, la otra cara del Estado capitalista.
La segunda etapa sin duda es la que nos parece más importante. No abandona la temática de los poemarios anteriores sino que redobla la apuesta. Advierte que no alcanza con la mera empatía del poeta, hay que dar otro paso aunque se vaya más allá de nuestra lengua. Esta no deja de ser un fruto de la hegemonía del conquistador-invasor, y nombra en cuanto dominante. Es necesario para salir del rígido esquema de la pequeña historia trascender la lengua, obligarla a decir lo que no puede, hasta forjar las grietas por las que invada lo negado. De esta forma Bustriazo Ortiz profundiza muchos de los aspectos presentes en la etapa anterior. El uso de neologismos y la toponimia pampeana repueblan sus poemas. Estos recursos no parten de un capricho arbitrario del poeta sino que tienen su origen en la lengua popular de la que él es parte y deudor. Sus neologismos están impregnados de la voz de los vencidos, que necesariamente rebalsa el lenguaje.
Bustriazo no se reconcilia. Se para, hace pata ancha, sobre la grieta. No tiene otra opción que la lengua española la usa, la modifica, la fractura. La inunda con una sonoridad que resuena desde todos los tiempos, con todo el paisaje; que hace rebalsar cada palabra hacia el neologismo. Y la hace dialogar con las voces negadas, con las huellas de los antiguos de la pampa honda y con las lenguas que quisieron exterminar.
Los mitos, historias, anécdotas de las pampas se transfiguran en sus versos en universo simbólico que reúne eslabones perdidos u olvidados. De esta forma quedan unidos en un mismo relato la memoria de los primeros habitantes de estos lares durmiendo en una cueva, el cazador tallando una de las escasas piedras para convertirla en flecha, las resistencias indias del siglo XIX, un paisaje pampeano regado de sangre, un pueblo metamorfoseándose esperando agazapado en boliches y peñas. Este trabajo lo hace retorciendo la gramática, imponiendo por sobre ella una sonoridad que retoma la memoria colectiva fruto de un genuino diálogo intercultural, al servicio de la subjetividad creadora de nuestro poeta. A modo de ejemplo, la poesía 8 del poemario Unca Bermeja refleja alguno de los aspectos más importantes que hemos nombrado:
“8
oh mi dormida entre mis brazos
cuántos siglos que no teníate
desde los abrigos hollinosos
entre los valles primigenios
desde las cuevas de piel verde
desde los aleros silbadores
desde las cópulas del guanaco
desde las cruces laberintonas
y eran lo creado las pinturas
y entre nosotros cuántos desmayos
una vez fuiste una fogata
fuísteme un sol como en desvarío
y yo pintábate en el vientre
una guarda con miel de abejas
lleguéme herido de una caza
y hierba fuiste forma del unto
entre los cueros de la noche
con el color de la piedra madre
oh mi dormida entre mis brazos
y yo velaba en los pedernales!”
(Bustriazo Ortiz, 2006, pag. 14)
Los pronombres enclíticos, los neologismos y un orden que sólo hace pie en la sonoridad son el material con el que Bustriazo Ortiz construye un decir por encima de la lengua. Un decir que quiere ser eco de las voces de los vencidos de las pampas. Los encuentra en un deleite amoroso, tan intenso que sustantiva una expresión admirativa (oh), más allá de los siglos, con la reminiscencia de abrigos hollinosos, cuevas de piel verde, aleros silbadores y de la herida de una caza; y acaba lamentándose y yo velaba en los pedernales. Voces que en diálogo sincrónicos e interculturales buscan un decir poético que, aunque subjetivamente creativo, sea fiel a la gran historia de las pampas; es decir, a la memoria de los vencidos de esta tierra.
En Canto Quetral de Juan Carlos Bustriazo Ortiz queda explicitado alguno de los procesos identitarios de esta porción del sur de nuestra América profunda. Es necesario comprenderla como un proceso dialogal entre culturas que jamás se resolverá ni detendrá. Solo nos queda crear mecanismos para correr los velos, y en caso de ser necesario destruirlos, para que pueda aparecer lo negado en su real eficacia social, cultural y política.
Notas:
2 Poema de Juan Carlos Bustriazo Ortiz de su libro Libro del Ghenpín (1977), incluido en la antología Herejía bermeja.
3 David Viñas, en Indios, ejércitos y frontera, denuncia su ideología: “Ellos son “los diferentes” y “los imposibles de asimilar”, los que oponen su opacidad esencial a la fluidez indispensable para que el espacio nacional resulte moderno y eficiente. En verdad, los principales componentes que perturban, impiden y postergan que la Argentina se convierta definitivamente en un país capitalista.”
4 Rodolfo Kusch. América Profunda.
5 Domingo F. Sarmiento. Facundo.
6 Ya en Radiografía de la pampa Martínez Estrada sentenciaba: “Si la vida del indio es clandestina, la historia de Suramérica es apócrifa.”
7 Juan Carlos Bustriazo Ortiz (1929-2010).
8 Quetral: fuego (en mapudungun)
9 Juan Carlos Bustriazo Ortiz. Canciones del Campamento (1960), Últimas zambas del Piedra Juan (1969 /1964), Zambas del Piedra Juan (1954 /1959), Aires de cobre y sal (1954 /1963), Huellas de la pampa honda (1957) y Los poemas Puelches (1954 /1959). Obras Completas, Tomo I.
10 Dice Daniel Villar, en el prologo al libro Largas Noches en la Pampa de Claudia Salomón Tarquini: “Arrojados de su mundo a los arrabales de un mundo ajeno, los Indios desaparecieron, paradójicamente convertidos en argentinos censales mientras un novedoso ejercicio del poder los confinaba a la cotidiana condición de extranjeros: “ni vivos ni muertos”, cerca y lejos, diseminados, buscándose la vida sin darse tregua por los campos llenos de mercachifles y logreros”
Bibliografía:
- Benjamin, Walter, 2011. Tesis sobre la filosofía de la historia. La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica y otros escritos. Ed. Gogot. Buenos Aires.
- Bustriazo Ortiz, Juan Carlos, 2008. Canto Quetral/ Tomo I. Ediciones
Amerindia. Santa Rosa- La Pampa.
- Bustriazo Ortiz, Juan Carlos, 2006 (1973). Unca Bermeja y otros poemas. Ed. Intemperie. Santiago –Chile.
- Bustriazo Ortiz, Juan Carlos, 2007. Hereje Bebedor de la noche. Cd-audio.
- Bustriazo Ortiz, Juan Carlos, 2007 (1969). Elegía de la piedra que canta. Ed. El Suri Porfiado.
- Bustriazo Ortiz, Juan Carlos, 2008. Herejía bermeja. Ed. Ediciones en Danza. Buenos Aires.
- David, Guillermo, 2008. El indio deseado. Del dios pampa al santito gay. Ed. Las Cuarenta. Buenos Aires.
- Etchenique, Jorge, 2011 (2000). Pampa Libre. Anarquistas en la pampa argentina. Ed. Voces. La Pampa.
- Hernández, Graciela Beatriz, 2006. Cruces. Entre la religiosidad popular y la historia oral. Ed. Barricada. Punta Alta- Buenos Aires.
- Kusch, Rodolfo, 2000 (1962). América Profunda. Obras completas. Tomo II. Ed: Editorial Fundación Ross. Rosario- Provincia de Santa Fe.
- Kusch, Rodolfo, 2000 (1956). Anotaciones para una estética de lo americano. Obras completas. Tomo IV. Ed: Editorial Fundación Ross. Rosario- Provincia de Santa Fe.
- Kusch, Rodolfo, 2008 (1954). La neurastenia literaria. La negación en el pensamiento popular. Ed. Las Cuarenta. Buenos Aires.
- Martínez Estrada, Ezequiel, 2001 (1942). Radiografía de la pampa. Ed. Losada. Buenos Aires.
- Salomón Tarquini, Claudia, 2010. Largas noches en La Pampa. Itinerario y resistencia de la población indígena (1878-1976). Ed. Prometeo Libros. Buenos
- Sarmiento, Domingo F., 1999 (1845). Facundo. Ed. Emecé. Buenos Aires.
- Yunque, Álvaro, 2008 (1960). Calfucurá. La conquista de las pampas. Ed. Biblioteca Nacional. Buenos Aires.
- Viñas, David, 2003 (1982). Indios, ejércitos y frontera. Ed: Santiago Arcos Editor. Buenos Aires.
- Viñas, David,1997. Grotesco, inmigración y fracaso: Armando Discepolo. Ed. Corregidor. Buenos Aires.
- Spíndola, Jorge, 2008. Pueblo Mapuche y fronteras culturales. Suplemento Confines nro20. Revista: El extremo sur. Comodoro Rivadavia.
- Ajens, Andrés. Del Exterminio. Inédito, se puede consultar.
martes, 8 de marzo de 2011
miércoles, 8 de septiembre de 2010
Invitación al bello abismo. Jerez volcado. Jorge Spíndola.
miércoles, 27 de enero de 2010
Bustriazo Ortiz: ronronear de las ánimas pampeanas.

Por álvaro l. urrutia.
"La riqueza de la pampa será para todos"
Juan Callfucurá
"piedras azules pasan volando"
Juan Carlos Bustriazo Ortiz
I
La Pampa seca es el territorio que se extiende, descansando, desde la precordillera hasta el sudoeste de la provincia de Buenos Aires; gran distancia sólo habitada por suelos arenosos, médanos, lagunas, salinas, alpatacos, caldenes, pumas, yararás, restos arqueológicos de un pasado no muy lejano...Huesos blancos de vientos y a veces, también, hombres. Lo que hay acá es paisaje, naturaleza. Lo telúrico y lo vegetal son los dominadores de este imperio. No es fácil la vida, quizás sea imposible, para quien desafíe a las ánimas de la pampa árida no convirtiéndose en paisaje. Éstas son celosas, saben de la necesidad que de ellas tienen los seres vivos, y reclaman ser escuchadas.
En muchas oportunidades estuvieron estas extensiones soledosas nombradas en la literatura argentina, pero las más de las veces sólo en forma arquetípica. Se arrojó sobre toda posibilidad de comprensión la palabra “desierto”. Arquetipo exagerado y cruel. Que duele en los ojos, en los cuerpos, en los huesos, en la sed transformándose en alcoholismo violento e indomable.
La palabra duele. En este espacio extenso, de vegetación espinosa que parece lastimar hasta el mismo viento, no puede existir sino un otro hostil e irracional: “salvaje”. Él no puede ser más que parte del paisaje, y por ello, a ojos racionales y civilizados, culpable de él. En un primer momento fue el “indio” quien anduvo estas distancias en cómoda armonía con la naturaleza, cruel, en el Malón, con quienes se les oponían. Después fue el gaucho, desdeñados en la pos-independencia, culpable también. Cruel por su proximidad con el “indio” y por su amistad con el paisaje. Pero en él la culpa no sólo le viene del exterior, como le sucede al aborigen, sino que también le viene de sí mismo, de su origen europeo, civilizado, y de su presente casi salvaje. El gaucho a pesar de su conocimiento de las pampas y su buena convivencia, aún no puede sentirse armoniosamente parte de ella, porque no fue su decisión sino que fue confinado, expulsado a estas tierras. Ahora las inmensidades son recorridas violentamente por grandes tractores, enemigos de algarrobos, caldenes y alpatacos, de animales, ánimas y paisaje. Amigos fieles de la palabra “desierto”, que acabarán al fin por hacer efectivo y cierto el uso del perverso arquetipo para nombrar nuestro territorio.
No es la voz del gran tractor, que dice insistentemente la palabra “desierto”, la voz de la pampa. No puede tener una voz ruidosa, enemiga de sí misma. Esta debe estar acompañada de la música que hace el viento y el vegetal espinoso al acariciarse sensualmente. Ella resiste esperando las jetas que sepan nombrar sus caprichos telúricos y vegetales. A ojos no muy oscuros, la derrota se presenta inevitable, pero ella acecha en aparente quietud, como el puma, y su ataque es silencioso. Sobre esos alambrados que encierran los campos, con la intención pueril de luchar con la inmensidad negándola, la pampa ataca, y nacen insistentemente retoños de piquillines y chañares que siempre acaban por destruirlos; sin duda con la intención de desalambrar.
La voz que esta tierra espera resistiendo es la voz-paisaje. Voz hermanada con la de sus hijos asesinados o conquistados, no en las pampas, sino en el “desierto”. Ella exige reconciliar, recuperar o recrear, nuestro ser con estas extensiones y con una forma armónica de estar en la naturaleza.
II
En la obra de Bustriazo Ortiz queda explicitada, como en pocos lugares, esta necesidad, y uno de los caminos de búsqueda. Nuestro poeta, como los originarios de las pampas antes de que Pedro de Mendoza tuviese que dejar abandonados caballos y ganados, es un hombre de a pie. El cuerpo de su obra poética, del Canto Quetral, tiene las patas bien apoyadas en estas tierras, hace pata ancha en ella. Su cuerpo imitando a los mágicos métodos baquianos se arroja sobre el suelo, apoyando la oreja, para sentir el latido de la Ñuquemapu (madre tierra). A la inversa que Guinnard, aquel cautivo francés de Callfulcurá, Bustriazo con cada uno de sus sentidos educados en las pampas busca encontrar el rumbo de la indiada para ir hacia ella, y no para escaparles.
En su merodear el territorio sus versos dieron con describir y sobre todo darle voz a ese sujeto de tierra adentro casi siempre invisibilizado por los arbitrarios recortes que se hacen a la hora de pretender abarcar estas distancias. El hombre hecho pampa, confundido entre alpatacos, chañares y caldenes desde los primeros escritos de Bustriazo es quien habla en estos versos. La cotidianidad y la conflictividad identitaria de esta inmensidad son la tierra fértil y sensual en la que crecieron sus setenta y pico de poemarios.
Es arriesgado tratar de definir coordenadas de una obra como la de Bustriazo que a penas conocemos en fragmentos, pero éste es un reto ante el que no voy a retroceder ni aquietarme. A contrapelo de las condiciones materiales, ya que he podido abordar la obra solo parcialmente, diré que visualizo dos etapas en esta poética. En la primera, las poesías se dirigen hacia la Pampa Honda, puntualmente va hacia la comprensión de esos hombres y mujeres que pueblan esas tierras, que aun hoy se la quiere ver como deshabitada: como un desierto. Sus protagonistas son hombres y mujeres en los campos en su cotidianeidad, y el paisaje de la pampa árida. Pero la profundización en este camino lleva ineludiblemente a Bustriazo a una segunda etapa. Porque estos hombres de tierra adentro, de nuestra América Profunda, están en unión indisoluble con el paisaje, con la Madre Tierra. Son chilotes, mapuches, ranqueles que saben que la tierra no discrimina, sino que hermana desde su irrenunciable condición de madre. La segunda etapa, desde el enfoque temático que en este momento me ocupa, es progresiva con respecto a la primera. Sobre todo lo que encontramos en ella es un magma, una unión orgiástica-amorosa de todas las voces de las pampas, a la que se le suma el cuerpo de nuestro poeta, empujado por los ronroneos de los antiguos de estas tierras.
III
Las animas de las pampas, como el felino, en su paciente espera solo dejan escuchar su ronronear entre las plantas áridas y espinosas. Bustriazo sabe del acechar redentor de los derrotados y silenciados. Entre los ruidos ensordecedores el Penca escucha que le dictan. Se detiene en las plantas espinosas, en los aleros silbadores, en las piedras decidoras, en los médanos negros, en las pinturas, en cada ser vivo, en las cópulas del guanaco, en los boliche. Todo tiene el ánima efervescente en palabras.
Bustriazo hermana su ser con los originarios, antiguos y contemporáneos. Se hace llamar Piedra Juan , atraído por una tradición de estas distancias de piedras poderosas. Como aquella piedra mágica (Cherrufe) que poseía Juan Callfulcurá (piedra azul) dominador de las pampas, que recibió su madre mientras lavaba la ropa, según cuentan; Bustriazo también tiene las suyas. Las piedras indias le hablan. Él se convierte en piedra. Dice: soy esa piedra que canta.
IIII
Con el rigor irreversible con el que decide la naturaleza, Bustriazo, el Piedra Juan, acompaña el desbordamiento simbólico que una y mil veces sacuden al continente todo. Deja que los bellos abismos amerindios le elijan el canto.
La lengua española impuesta por los opresores, padres del silencio, queda de rodillas, las más de las veces tirada en el cemento ante nuestra inabarcable realidad. El Penca Bustriazo la alza, la saca al viento para que la erosione, la aprieta contra sus amantes, enciende fuego con su dureza. Seca al sol la gramática mientras va al boliches a tomar algo y compartir historias. Con esta lengua se saca la tierra de los ojos, la pampa que se le viene a la jeta. Completa las palabras gastadas de tan austeras con adobe convirtiéndolas en neologismos telúricos, en tierra entrando por los ojos y por las orejas. Llenas por vinos conversados y acompañadas de piedras decidoras. Las palabras son, después de estos movimientos, símbolos de una historia que exige la redención de los vencidos.
Leer los libros de esta segunda etapa implica desandar un camino que ni siquiera se sospecha existente. La primer lectura es necesariamente insuficiente, porque el Piedra Juan recarga cada palabra de un universo simbólico pampeano que nos han ocultado. Sí consecuencia de nuestra desesperación perseguidos tendríamos que atravesar corriendo la pampa árida, al llegar al otro lado, nuestro cuerpo lastimado por espinas de alpatacos, chañares y piquillines, desde el dolor, nos haría entender la naturaleza de estas distancias; lo mismo sucede con nuestra alma al atravesar Unca Bermeja, Canción Rupestre o Elegías de la piedra que canta. Los símbolos recargados en materiales, llenos de voces de la pampa árida despiertan nuestra mente y nuestro cuerpo; obligan a emprender un nuevo camino, nuestro camino.
Ahora, el símbolo existe siempre y cuando exista un mito que lo comprenda. Toda la obra poética de Bustriazo Ortiz, imagino que también su vida, tiene una única e inabarcable destinataria. Es ninguna en Unca Bermeja, pero siempre es todas y dominadora de todo. Es mujer-hembra, mujer-madre y mujer-tierra. Es Ñunquemapu, Pachamama, Madre Tierra. Esta mujer que rebalsa sensualidad y fertilidad, madre de cada hombre, de cada árbol, de cada animal es el mito que recrea y pone en movimiento el Piedra Juan, es el suelo en el que hace pata ancha el Canto Quetral. Es el ronronear de las animas pampeanas despertando una mirada redentora. Es la nación en la que muchos queremos que haga pata ancha nuestra esperanza.
(texto leido en en 3° Jornada Canto Quetral "La Poesía de Juan Carlos Bustriazo Ortiz". Centro Municipal de Cultura -5 de diciembre 2009)
martes, 15 de diciembre de 2009
Recuperar el discurso. Apropósito de la obra de Francisco Felkar.




Por álvaro urrutia
Lo particular y enredado de la realidad que se vive y padece en la ciudad de Bahía Blanca y la zona contaminada (más que de influencia), necesita desesperadamente ser explicitada y denunciada sin descanso. No es redundar decirlo una y otra vez, sino redoblar la apuesta: no resignarse.
Explicitar lo que el poder enmascara como la regla, como lo normal es sin duda la tarea más loable del arte. Sin embargo la mayoría de los artistas, en pos de la originalidad, de lo nuevo encumbrado como valor excluyente caen en la frivolidad carente de toda fertilidad y cómplice por omisión.
La autocrítica es un deber, pocas son las voces que se levantan, y menos aún las que encaran de frente la realidad sin cómodos balbuceos y de espalda a los oídos. En esta desolada escena de la Tierra del diablo, se destaca la figura de un joven artista que desde las artes plásticas emprende el camino de recobrar la discursividad perdida. Francisco Felkar entiende, como muchos comenzamos a entenderlo, que vencer el silencio es recuperar la discursividad en nuestra voz.
Retomar el camino de la discursividad, implica desandar de la historia que nos contaron. Es romper a patadas el velo con que nos escondieron la realidad. No es tarea fácil la que emprende Felkar, ya que después de la patada a esa mentira quedan apenas pedacitos, que son un porcentaje ínfimo de los necesarios para la imprescindible reconstrucción.
No cae en la tentación de un romanticismo ingenuo. Su mirada es historicista. Revisa los fragmentos confiables y fértiles de nuestra historia: a partir de ellos es que nace su empresa. No los retoma sino para poner en movimiento símbolos y mitos, pasados y actuales, en nuestro tiempo.
De esta manera, en la serie La Tierra Del Diablo (Huecufü Mapu) pone en la tétrica escena bahiense, apadrinada por la Petroquímica, la Base y La Nueva Provincia, a San Martín descorriéndose una máscara (que me gusta imaginar de oxígeno) para decir: “Seamos libres y lo demás no importa”. También en una recreación del célebre cuadro de De la Cárcova, titulado “Sin pan, sin trabajo y sin aire”, nuestro artista utiliza, no casualmente, el esgrafiado: el raspar para hacer visible la luz. Esta técnica guarda una cierta analogía con su revisionismo histórico. Felkar nos muestra la escena bahiense como oscura, sombría, dominada por el terror y siempre sostenida (cuando no armada) por los sectores de poder que renuevan su maquillaje con el correr de las décadas.
Por otro lado la serie dedicada a Estomba, El Coronel Demóstenes, continua y acompaña aquella discusión que se inició años atrás con la muestra de Guillermo David sobre el, como mínimo, controvertido fundador de la ciudad, y que tuvo como respuesta una misa de desagravio encabezada por los sectores reaccionarios... Felkar, también, pone al desnudo al héroe mostrándolo en sus extravíos e inhumana violencia. Sobre todo lo que descubre es la mentira que sostiene al prócer. Hace una crónica de algunos de los hechos de los que se tiene conocimientos certeros, pero su rostro en ella siempre está borroso, y sus gestos casi exclusivamente son delirio, sangre y muerte. Triste destino el de Estomba, quizás premonitorio del destino de la ciudad.
Es en la serie Metamorfosis en donde nuestro artista, que reside en General Cerri, con gran genio sintetiza la trágica historia de nuestras pampas y puntualmente de esta región. Tomando prestada la discursividad de la historieta, nos muestra diferentes mitos, siempre vigentes y en movimiento, de nuestra sociedad y de las que nos antecedieron. Así nos presenta la metamorfosis del Choique huentrú (hombre trasformándose en ñandú), o la leyenda de Ombi (la mujer convirtiéndose en Ombú). Pero también nos explicita otras que nos evidencian los cambios de forma del poder que nos oprime. Es el caso, del cuadro titulado “Progreso“, en el que Felkar nos muestra en cuatro recuadros la evolución o progreso de un Rémington disparando (sinónimo del genocidio contra el pueblo mapuche), pasando por el arma inclinándose humeante hasta quedar en forma vertical siendo una chimenea contaminante de la Petroquímica. A su vez denuncia el desprecio que tenemos con nuestra tierra agobiada por indiscriminados desmontes y sequías, que sin duda son síntomas de una futura desertificación: en cinco cuadros consecutivos nos muestra una Pachamama-Ñuquemapu (madre tierra) que se metamorfosea desde un rostro con piel suave y lisa, hacia una piel resquebrajada (como las paredes de Ingeniero White) por la indiferencia.
Conocer la obra de Francisco Felkar invita a trascender el hecho artístico de su creación. Nos pone frente al movimiento ineludible en que se encuentra la realidad, obligándonos a elegir entre ser espectadores pasivos o protagonistas luchando contra la alineación.

