domingo, 9 de noviembre de 2008

Maggie de Koenigsberg. Telúrica latinoamericanista.

Moverse desde el arte hacia el paisaje americano es, sobre todo, ir hacia lo raigal, hacia lo profundo. Es soltar la creatividad para que se revuelque en el barro amerindio y abrazarla cuando vuelva completa y ebria de nosotros a nosotros. Maggie de Koenigsberg emprende, a pesar de lo muchos riesgos que esto conlleva, el camino de la genuina comprensión de nuestra realidad.

El arribo estético abre las entrañas de la tierra dispuesto a escuchar y a observar sus más inesperadas manifestaciones. No es esta una búsqueda solitaria. Lejos está el artista de ser un mero intérprete cuasi divino, un pequeño Dios, sino que su andar es por el camino de los muchos. El artista auténticamente americano se abre a la posibilidad de ver bajo la maleza el orgasmo de formas continentales que abisman nuestra perspectiva occidentalizada. En su sincera decisión reconoce nuestra necesidad de pensar con otras categorías desde un paradigma diferente.

Canta el gran pampeano Atahualpa Yupanqui “Lo que antes fue clara huella /se enllenó de espina y barro”. A las antiguas huellas de nuestro continente hay que correrles el velo de más de cinco siglos de colonialismo y neocolonialismo. No es sino el pueblo y la naturaleza (la madre tierra) quienes en sus trotes desesperados, en sus movimientos que exceden toda posibilidad de predicción, revuelven la maleza y el barro dejándolos descubiertos a los ojos del artista.

Las huellas siempre estuvieron, a pesar de los esforzados intentos de ocultarlas o exterminarlas, y determinaron el andar de nuestra disfrazada realidad. Ellas son lo profundo que, en palabras de Rodolfo Kusch, se nos presentan desde la infinitud totalizante como algo tenebroso. Produce miedo. Discute y pone en riesgo la máscara que con tanto trabajo se ha intentado embellecer a través de varios siglos. Las huellas se descubren, toman un papel explícitamente protagónico, y hacen de la pretendida occidentalización del continente una espantosa cicatriz.

Maggie nos enfrenta con lo tenebroso. Su llegar hasta las huellas le costó el barro y las espinas doliendo en su creatividad.

Su obra, como todo sincero y gran arte, desentraña el problema esencial de nuestras sociedades latinoamericanas. El camino es reconciliación con lo telúrico, con la madre tierra. Obligan las circunstancias a alejar a estas pinturas de los barullos estéticos. Maggie no se deja disolver en las perfumadas voces. Su experiencia, su decisión es en y por el barro: como el tan nombrado loto, o mejor, como la totora; su pintura es planta y flor que nace en el barro. Se alimenta de su ambiente. En esta obra laten, gimen, se retuercen y se ven crecer los nuevos frutos continentales, coloreados por mil gestos reivindicadores.

En su primer acercamiento a los paisajes americanos, nos enfrenta a pampas desoladas, o quizás mares, de movimientos preñados por colores tenebrosos; donde nos invade un desconcierto del que intentamos escapar haciendo pie en las pequeñas montañas que se debaten en la fortaleza, entregándonos la sensación de equilibrio en su tosquedad, y la debilidad. Parecen flotar entre un mar de lava y un cielo incendiado. Sensuales formas femeninas armonizan y llenan de vida sus pinturas. Habitamos la sensación de estar abandonados al capricho de terribles e insospechadas bestias telúricas que se mueven disfrazadas de vientos, tormentas, terremotos o mareas y causan un infernal ruido del que nuestros ojos blancos, morochos o mestizos no parecen tener la posibilidad de evitar sin mediación. Voces inconexas y formas casi amorfas. Manifestaciones telúricas que aun no estamos preparados para escuchar, cantan y bailan en estos paisajes.

La máscara puesta y sostenida por ríos de sangre en el viejo continente, impuesta a cruz y espada en el nuestro, cayó haciéndose pedazos apenas comenzado el nuevo milenio. Condenados allá, parecen no querer entrar en razón, alimentándose con su propio vomito. Nosotros vemos a los verdugos caer derrotados y nos atrevemos a comprender que nuestro pasado, presente y futuro no son paralelos al de ellos. Somos amerindios, o indoamericano como guste, no heredaremos de ellos ninguna otra incómoda máscara. Allá queden ellos con su perfumado nihilismo. A nosotros nos toca encontrar y reconciliarnos con las antiguas huellas que se asoman brotando entre el barro y las espinas.

Maggie recibe los guiños continentales. Coloca su pensamiento en consonancia con lo movimientos político-sociológicos. El caos, expresado en esas convulsionadas pampas, comienza a ser dominado por espantosas formas. Las masas silenciadas por la ignorancia y la discriminación salen decidiendo, desde la profundidad de sus raíces, desde la más impredecible inconsciencia, el nuevo camino de nuestras sociedades. En la segunda etapa surgen en sus pinturas bestias que gimen, nacen, crecen, gritan y corren por los campos sin dejar duda de haber sido parte del caos anterior. Aparecen para dominar la escena. Nuestra artista agudiza la mirada, antes extraviada en una lejanía que abarcaba poco, y se focaliza en las formas insospechadas que brotan y recorren sus pampas en absoluta armonía con la naturaleza. Se acerca, no pretende dominarlas, sabe que son inaprensibles para nosotros. Solo las presenta, las pone ahí ariscas en su salud salvaje y regeneradora, frente a nuestros ojos, en su estar. Las plantas se presentan como masas amorfas, o especies de cactus semisólidos con una movilidad extraña, modelados por los más instintivos caprichos. Los animales son cuerpos de raíces desenterradas, corren liberados por los campos con sus activas cabezas vagina o ramificaciones. No hay miedo en su pincel. Las ch’alla1 con vino, ritualizando la relación con el paisaje y la realidad continental, y el pacto quedan enraizados en la madre tierra con la Pachamama.

Las criaturas tenebrosas no sufren modificación sustancial en este rito, permanecen inefables e inapreciables. Dejan caer las cáscaras resecas de las fallidas pretensiones civilizatorias. El arte genuinamente americano, es un pacto con el paisaje, una reconciliación sin vuelta atrás con la naturaleza. Ablanda y derrite con tenebrosos movimientos los cristales de colores que se le habían impuesto a nuestros ojos. El artista, que como Maggie de Koenigsberg, intenta llevar a cabo tamaña empresa se entrega por entero a la irreversible comunión, desnudando las limitaciones humanas para ser reeducados por lo espectral, a ojos civilizados, de ser indoamericano. Por este motivo, su obra progresa desde un escepticismo (nihilista) desolador hacia un latinoamericanismo exóticamente embellecido por un colorido horizonte esperanzado.

Maggie atraviesa el nihilismo, herencia maldita, ingresando a ese aparente caos que a pesar de asustarnos se presenta como la única salida. Su mirada se recorta, y en el detalle encuentra lo que se sospechaba al ver que la decadencia occidental no coincidía con la nuestra. Así, en este tercer momento, entre el barro, las espinas, el matorral confuso, y desde la huella que está abajo, florecen retoños de los montes que creíamos muertos. Queda frente a nuestros ojos el florecer y los frutos paridos indiscutiblemente por nuestra madre tierra. Los colores exóticos dominan estas pinturas florecientes de Maggie, que no pueden más que emparentarse con los de la Wihpala que sostenían hace dos siglos Tupac Amaru y Tupac Katari, y ahora lo hace la esperanza socialista amerindia. Lo que antes se mostraba como caótico, tenebroso y amorfo, comienza a ser síntoma de una cierta armonía, belleza raigal, hija innegable de nuestro paisaje. En las pinturas se ven o se suponen dolores, fuegos, sangre y cenizas, pero las fuerzas no se detienen en su vital movimiento. Las cosas nacen y crecen con formas insospechadas. Las flores y las plantas son manos, ojos, sexos, brazos, dientes, pelos, dedos, cabezas... Un Guernica a la inversa. Mil manos, mil ojos, mil dientes, mil bocas, mil sexos... se reagrupan, se juntan, se abrazan, se hermanan dando un maravilloso testimonio de la humana construcción, no de la destrucción, de un renacer definitivo.

Maggie de Koenigsberg en sus pinturas se entrega a las fuerzas telúricas: sensualmente salvajes. Desde el malezal confuso, con ritos etílicos acaricia y seduce haciendo visibles las antiguas huellas; saluda y acompaña al socialismo renaciente en nuestras tierras.

Celebramos con este escrito la obra de Maggie y con él a los pueblos de nuestro continente. ¡Salud!

Alvaro L. Urrutia

Buenos Aires, 10 de julio del 2008

texto publicado en www.maggiedekoenigsberg.com.ar y en esto no es una revista literaria (nro 2)


3 comentarios:

el espacio real dijo...

...buen texto. me gusta...

álvaro l. urrutia dijo...

gracias geronimo...
muy buena la FEA, un exito. pude hacer me de libros muy deseados por mi
un abrzo
vasco

álvaro l. urrutia dijo...

ah, en la pagina de maggie esta su obra... porque creo que sin las pinturas no se entiende mucho el texto